A ti te digo, Levantate

Nuestro Dios es un Dios de vida, de vivos, que defiende la vida y la sana; además no quiere la vida de cualquier manera, sino una vida fuerte y digna para todos y todas. Ese amor de Dios a la vida se convierte en fuerza sanadora y salvadora. Las lecturas de hoy nos quieren situar en la realidad personas: La enfermedad, además del dolor, muchas veces nos lleva al límite porque nos hace experimentar la impotencia, el depender de los demás, perder no solo las fuerzas, sino el ánimo, la ilusión.

Si a la enfermedad le añadimos el misterio de la muerte corremos el peligro de rebelarnos, desesperarnos, no aceptarla ni en nosotros ni en los seres queridos. Y ante esta situación las lecturas de hoy no nos proporcionan la “solución”; es decir, por mucha fe que tengamos en Cristo Jesús no vamos a dejar de morir; pero sí nos iluminan para que sepamos aceptarla desde la fe en Dios.

Dios no ha creado la muerte, nos dice el libro de la Sabiduría, ya que Dios lo creó a su imagen para que viviera para siempre. Desde el Evangelio, Cristo ha venido a vencer la enfermedad y la muerte. Desde la perspectiva de Cristo la muerte no es definitiva, hay alguien por encima de ella y que la ha vencido resucitando a la niña, pero sobre todo con su propia resurrección. Aquel Cristo sigue hoy a nuestro lado para que le toquemos y nos dejemos tocar por Él en los momentos de sufrimiento y de dolor.

A la Iglesia le corresponde continuar la misión de Cristo, dando vida, ánimo, esperanza y defendiendo la vida contra todos los ataques a que es sometida en estos momentos. Pensamos en el aborto, pero no podemos olvidarnos de la guerra, de la violencia, de la eutanasia y de la pena de muerte. Si terminamos así, nos quedamos parcializados, porque hay otra manera de matar a miles y millones de personas todos los días, todos los años, y es la injusticia, el hambre, la miseria. Cuando la segunda lectura de hoy nos habla de la igualdad, de que Dios quiere la igualdad, nos está hablando de esto, de la caridad y la generosidad con los demás, sobre todo con los más necesitados.

¿Por qué será que muchos, muchísimos católicos y católicas defendemos la vida, hasta con radicalidad, cuando se habla del aborto, de la eutanasia, de la guerra, y no nos preocupa nada o casi nada la injusticia, la miseria, el hambre? Todos los años mueren muchos más millones de personas por la falta de igualdad, por la miseria a la que son sometidas, por el mal reparto de los bienes materiales, que por las guerras, los abortos y las penas de muerte. Que el Dios de la vida nos dé la fuerza para ser defensores de la vida en todo momento y sobre todo con la caridad y preocupación por los millones y millones de personas que están muriendo de necesidad y no de muerte natural. 90 Tuve hambre y me diste de comer 91 Oración de los fi

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