En los momentos de prueba

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Jesús nos anticipa algo que pasa muy frecuentemente en el mundo de hoy. Una persecución, pero de forma silenciosa. El relativismo actual y la secularización nos llevan, poco a poco, a creer que lo verdaderamente importante ya no lo es; nuestra fe juega en un segundo plano y para nosotros eso no es coherente con el Evangelio.

Hoy la liturgia nos ofrece este Evangelio de reconforto y, de cierto modo, nos alivia y nos da mucha fuerza para el camino que nos queda por recorrer, porque sabemos que no estamos solos, que la fuerza que viene de lo alto nos anima y nos impulsa a dar todo y que nunca vamos a quedar desamparados.

Cuando lleguen los momentos de prueba, pidamos a Dios que nos dé la gracia de permanecer en Él, que con la fuerza de la fe y el brío de la esperanza sepamos ver más allá, que todo no acaba aquí, que nuestra meta es el cielo, y que para la santidad se requiere la valentía del apóstol de Cristo que quiere instaurar su reino en medio del mundo.

Si bien esta misión nos reclama una entrega generosa, sería un error entenderla como una heroica tarea personal, ya que la obra es ante todo de Él, más allá de lo que podamos descubrir y entender. Jesús es “el primero y el más grande evangelizador”. En cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu.
(Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n. 12)

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Voy a buscar una imagen de María o de nuestro Señor de camino a mi trabajo, colegio o universidad, para poner atención a mi alrededor y poder ofrecer ese momento por todas las almas.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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