Endurecer el corazón

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

 

Éste es el único pasaje en donde se nos muestra una mirada de Jesús de ira hacia los que estaban a su alrededor (fariseos), entristecido por la ceguera de sus corazones. Jesús también se entristece por nuestra ceguera de corazón.

¿Por qué tenían esta ceguera? ¿Cómo llegamos a cegarnos? Lo único que ciega nuestros corazones, es nuestra soberbia, pues no aceptamos lo que Dios hace en nuestras vidas. Para los fariseos, Cristo les era incomodo, porque pedía cosas que ellos no estaban dispuestos a aceptar. Es así como poco a poco van endureciendo su corazón, cerrándole las puertas y no dejándolo entrar.

La ira de Cristo es de tristeza, pues sabe que ellos tienen todo para ser felices con solo abrir sus corazones; pero no los obliga, los deja en libertad. Nuestro corazón sólo se puede abrir de nuestro lado. Si no somos nosotros quienes lo abrimos, nadie más lo hará.

Esto lo percibimos en nuestra vida: siempre podemos tomar o el bien o el mal, está la realidad humana de la libertad. Dios nos ha hecho libres, la elección es nuestra. Pero el Señor no nos deja solos, nos enseña, nos advierte: estate atento, está el bien y el mal; adorar a Dios, cumplir los mandamientos es el camino del bien; ir a otra parte, el camino de los ídolos, de los falsos dioses -muchos falsos dioses- que hacen equivocar la vida. Y esta es una realidad: la realidad del hombre es que todos nosotros estamos ante el bien y el mal.
(Homilía de S.S. Francisco, 2 de marzo de 2017, en santa Marta).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy haré una visita a Cristo Eucaristía pidiéndole la gracia de aceptar en todo momento su voluntad, aunque sea contraria a la mía.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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