Espíritu Santo

Pentecostés / Juan 20, 19-23. ¿Por qué el Espíritu Santo es tan desconocido?

Por: Padre Nicolás Schwizer | Fuente: Homilías del Padre Nicolás Schwizer

Juan 20, 19-23. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Reflexión
Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan que San Pablo encontró en Atenas un altar en el que estaba grabada la siguiente inscripción: Al Dios desconocido. Este título parece valer de un modo especial para el Espíritu Santo. El Espíritu Santo, cuya fiesta de Pentecostés celebramos hoy, es para muchos cristianos el Dios desconocido.

¿Quién es el Espíritu Santo? Es la tercera Persona de la Sma. Trinidad. Él es el lazo vivo de amor que une al Padre con el Hijo: es amor tan infinitamente profundo y perfecto, que constituye una nueva Persona, igual a ellos. El Espíritu Santo es lo más íntimo de Dios, la personificación de su amor, de su vida, de su fuerza. Es como el alma común del Padre y del Hijo. Es como el corazón del Dios Trino.

¿Por qué es entonces tan desconocido? En primer lugar porque para descubrir su presencia y su acción se necesita una cercanía muy íntima y personal con Dios. Porque Él se hace presente y actúa de una forma discreta y oculta – difícil de percibir por los ojos no acostumbrados.

Además influye el hecho de que no podemos representarlo mediante una figura adecuada. Pues los símbolos con que aparece en Biblia – la paloma, el viento y el fuego – nos ocultan su riqueza de persona. Dios-Padre también es invisible, pero la palabra “padre” ya acerca mucho a nuestra experiencia humana. En cambio, imaginar un “espíritu” resulta mucho más difícil.

Sin embargo, Dios nos ha regalado a alguien en quien podemos casi palpar, de modo visible y sensible, la presencia y la acción del Espíritu Santo: es la Sma. Virgen María.

Por eso, para el Padre José Kentenich, Fundador del Movimiento de Schoenstatt, María es el símbolo más apropiado del Espíritu Divino:
* Porque el Espíritu Santo es el amor HECHO PERSONA, la entrega personificada.
* Y María es el amor, la entrega EN PERSONA.

La Sma. Virgen es, en efecto, la mujer tres veces llena del Espíritu de Dios:
– En el momento de su Concepción inmaculada, en que Él la escogió como templo predilecto y la colmó de su gracia, evitando que la menor mancha de pecado la tocara.
– En el momento de la Anunciación, en que “la cubrió con su sombra”, para hacerla fecunda y convertirla en Madre de Cristo.
– Y en el momento de Pentecostés, en que Él escucha su oración y desciende sobre Ella y los apóstoles, haciéndola Madre de la Iglesia la que en ese mismo instante nace de su fuerza vivificadora.

Por todo esto, desde muy antiguo, el pueblo cristiano ha dado a María el título de “Vaso del Espíritu Santo”. Acercarse a Ella es acercarse a Él y comprender lo que Él quiere hacer con todos nosotros: liberarnos como a Ella del pecado, llenarnos de Cristo Jesús, sumergirnos en el misterio de la Iglesia.

María pone de manifiesto, sobre todo, la misión esencial del Espíritu Divino: conducirnos vitalmente hacia el Hijo y hacia el Padre. Porque Ella, por su condición de Madre, nos ayuda a sentirnos hijos y a identificarnos como tales con Jesucristo. Y porque, como toda Madre, posee también el don de hacernos cercano y atrayente el corazón del Padre.

De este modo, la misión del Espíritu Santo se identifica con el carisma propio de María. Así se explica por qué, en la historia de la Iglesia, la devoción al Espíritu y a la Virgen siempre florecen juntas.

Queridos hermanos, pidámosle por eso a María, que por su intercesión descienda como en el Pentecostés original – el Espíritu Santo sobre cada uno de nosotros, que nos regale sus dones y frutos, y que nos transforme en instrumentos y portadores de su amor divino.

¡Qué así sea!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

Padre Nicolás Schwizer
Instituto de los Padres de Schoenstatt

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