Hoy celebramos a San Manuel González García, el “apóstol de la Eucaristía”

Manuel González García nació en Sevilla el 25 de febrero de 1877, era el cuarto de cinco hermanos. Su padre era carpintero y su madre trabajaba en el hogar. En ese ambiente, sencillo y profundamente religioso, Manuel creció serenamente y con ilusiones, que no siempre pudo ver realizadas.

Sin embargo, hubo una que sí alcanzó, y que dejaría huella en su corazón: formar parte de los famosos “seises” de la catedral de Sevilla, grupo de niños de coro que bailaban en las solemnidades del Corpus Christi y de la Inmaculada.

Durante los años de seminario, debido a la situación económica de su familia, el joven Manuel pagó sus estudios trabajando como sirviente en el seminario.

Finalmente el 21 de septiembre de 1901 recibió la ordenación sacerdotal de manos del beato cardenal Marcelo Spinola. En 1902 fue enviado al pueblo de Palomares del Río (Sevilla). En 1905 es destinado a Huelva, en el sur de España, donde se encontró con una situación de notable indiferencia religiosa, allí se preocupó también de la situación de las familias necesitadas y de los niños para los que fundó escuelas.

En el año 1910, junto con un grupo de fieles colaboradoras en su actividad apostólica, nació la “Obra para los Sagrarios-Calvarios”, que buscaba dar una respuesta de amor reparador al amor de Cristo en la Eucaristía, a ejemplo de María Inmaculada, el apóstol san Juan y las Marías que permanecieron fieles junto a Jesús en el Calvario.

Después de los laicos, llamados Marías de los Sagrarios y Discípulos de San Juan comenzaron los sacerdotes Misioneros Eucarísticos en 1918 y la congregación religiosa de Misioneras Eucarísticas de Nazaret en 1921, así como la institución de Misioneras Auxiliares Nazarenas en 1932; y la Juventud Eucarística Reparadora en 1939.

El Papa Pío X aprobó la congregación en 1912, posteriormente el Papa Benedicto XV le nombró Obispo Auxiliar de Málaga (España) en 1916. En 1920 fue nombrado obispo residencial de esa sede, un evento que celebró dando de comer a más de 3.000 niños necesitados.

En Málaga reconstruyó el seminario para que tuviera las condiciones necesarias para formar sacerdotes sanos humana, espiritual, pastoral e intelectualmente.

Tras la llegada de la República, su actividad no pasó desapercibida. El 11 de mayo de 1931, le incendiaron el palacio episcopal y tuvo que trasladarse a Gibraltar para no poner en peligro la vida de quienes lo acogen.

Desde 1932 rige su diócesis desde Madrid, y el 5 de agosto de 1935 el Papa Pío XI lo nombra Obispo de Palencia, donde entregó los últimos años de su ministerio episcopal.

Murió el 4 de enero de 1940 y fue enterrado en la Catedral de Palencia. En su epitafio, que él mismo escribió se lee: “pido ser enterrado junto a un sagrario, para que mis huesos, después de muerto, como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen: ¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!”.

San Juan Pablo II declaró sus virtudes heroicas en abril de 1998 y aprobó el milagro atribuido a su intercesión para la beatificación en diciembre de 1999.

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