Humildad y confianza para estar cerca de Dios.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

“Señor, no soy digno de que entres en mi casa…” Siempre que escuchamos y que se nos habla sobre este Evangelio, hacen referencia a la fe del centurión con la cual se ganó el asombro del Señor. Hoy quiero que nos centremos en la actitud necesaria para tener una fe tan grande y tan sólida.

Detrás de la gran fe del centurión, se esconde una grandísima humildad de corazón. “Bienaventurados los humildes…” (Mt. 5,5) La humildad, es la actitud clave en la fe del centurión. El humilde de corazón es el único que puede desarmar a Dios. Esta humildad del centurión le permite acercarse a Cristo y rogarle de corazón. El hecho de acercarse a Cristo nos permite ver la confianza que él le tiene, aunque no lo conoce del todo; pero es su corazón el que le permite ver a Dios. “La confianza y nada más que la confianza puede conducirnos al amor” nos dice santa Teresita del Niño Jesús. La confianza en Dios nos debe llevar a amar siempre.

La humildad genera confianza y permite acrecentar y afianzar nuestra fe. Que cada acto de nuestra vida sea una confianza ciega en Dios. Quien en Dios pone su confianza, nunca quedará defraudado.

¿Me siento necesitado de Dios? ¿En qué o en quién tengo puesta mi confianza? ¿Toda mi vida es un confiar ciegamente en Dios?

Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que es imitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve.
(Homilía de S.S. Francisco, 29 de mayo de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy haré una visita a Cristo Eucaristía, pidiéndole la gracia de que todos mis actos del día sean

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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