La castidad empieza con la mirada

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

 

En este Evangelio, Cristo nos habla sobre el sentido más grande de la castidad. Hasta la venida de Cristo, la infidelidad se medía sólo en base a actos. Él, en cambio, nos propone una nueva medida: la santidad no es sólo “no hacer el mal”, sino orientar todo el ser hacia el bien. Y sólo así se llega a la felicidad auténtica.

Cristo nos invita a un amor radical. Así como su amor por nosotros fue total, nos ofrece una vida en la que nos entreguemos sin reservas. Por eso, en este contexto tiene sentido la castidad del matrimonio cristiano: todo mi ser le pertenece a mi pareja, incluidas mis intenciones. Se trata de una relación prioritaria, porque debe dar el sentido de todas mis otras relaciones con el mundo: ¿en quién pienso cuando camino por la calle, en el trabajo, en las horas de descanso?

Amar significa dirigir todo mi ser hacia otra persona, empezando por la mirada. No sólo una mirada de “ojos”, sino sobre todo la mirada que quiere decir interés por el otro, de un modo absorbente y exclusivo. Hay que hacer renuncias, pero éstas no son sino la inversión necesaria para ganar algo mucho más valioso: un amor pleno.

Miremos, hermanos y hermanas, a nuestra Madre, que está en el corazón de Dios. El misterio de esta joven de Nazaret no nos es extraño. No está “Ella allí y nosotros aquí”. No, estamos comunicados. En efecto, Dios dirige su mirada de amor también a cada hombre y a cada mujer, ¡con nombre y apellidos! Su mirada de amor está sobre cada uno de nosotros.
(Homilía de S.S. Francisco, 8 de mayo de 2017).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy realizaré un detalle particular de cariño hacia mi cónyuge o algún otro familiar, buscando amar sin intereses personales.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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