La religión cristiana no es una religión de libro

Por: Josep Maria Montiu de Nuix | Fuente: Catholic.net

Nuestra vida cristiana no ha empezado por un elemento ideológico o por algo que nosotros podemos hacer con nuestra propia vida, sino que nuestra vida cristiana ha comenzado por la irrupción en nuestras vidas del Dios personal, vivo, existente. En el santo sacramento del bautismo son las tres divinas personas las que vienen al alma. Usando la palabra clásica diríamos: ellas son las que inhabitan en el alma. Particularmente, entonces, el Verbo de Dios pasa a encontrarse en nuestro espíritu. El alma posee entonces la gracia santificante, la vida sobrenatural, participa de la vida de Dios.

Usando una metáfora diríamos que nos ha llegado un torrente de agua viva o una corriente eléctrica. Entonces hemos sido iluminados, sin que nos iluminemos a nosotros mismos. Sólo entonces empezamos a ser cristianos mediante este sacramento. Pero, no obstante esto, este momento también está conectado con la palabra, ya que este sacramento se administra pronunciando una fórmula sacramental referente a las divinas personas. Así, ya en el origen de nuestra vida cristiana encontramos el binomio palabra – Palabra (1).

La vida cristiana tiene su origen y su todo en la Palabra. El Verbo de Dios se encarnó en las purísimas entrañas de la Santísima Virgen María. Cristo es la Palabra. Como dice San Juan de la Cruz: El Padre no tiene otra palabra que decirnos que la Palabra. En este sentido, después de esta Palabra, se ha quedado mudo. La vida cristiana es sencillamente seguir a Cristo, seguir la luz de Cristo, vivir teniendo por modelo o causa ejemplar a Cristo, la Palabra. Seguir a Cristo es vida, palpitar, amor. Cristo, la Palabra, es nuestro bien, nuestro centro, nuestro rey y nuestro todo. La vida cristiana es unión con la Palabra. El cristiano tiene necesidad de un encuentro interpersonal e íntimo con la Palabra, con el Cristo vivo, resucitado, glorioso, providente. La religión cristiana es pues la religión de la Palabra.

Pero, al mismo tiempo, el intelecto humano necesita de la palabra y, muy particularmente, de la palabra sagrada. La divina revelación es expresión del fuego de amor de Dios. La sagrada revelación contiene la palabra de Dios, la cual tiene su causa u origen en Dios y su fin o finalidad también en Dios. Por la revelación y por la salvación es por lo que la Palabra ha dado su vida. Así pues, la palabra revelada en sí misma y también esta palabra en relación a la Palabra merecen del creyente una verdadera veneración.

Aunque las Sagradas Escrituras se han de venerar grandemente, porque contienen la palabra de Dios revelada, el cristianismo no es una religión de libro en cuanto que lo importante no es tanto el libro cuanto la persona de Cristo vivo que nos acompaña en el camino hacia el cielo. La Palabra supera siempre a la palabra, no sólo porque el ser es más rico que su expresión en palabras, como el oro fino es más hermoso que los ribetes plateados que lo enmarcan, ni tampoco sólo porque la persona es lo supremo, sino especialmente porque el ser de Cristo es infinitamente perfecto y, por consiguiente, el ser de Cristo es infinitamente mayor que todo lo que pueda pensarse de Él. Cristo, la Palabra, es maravilla sobre toda maravilla, inefable, mayor que todo pensamiento. Así, al igual que ocurriera en la misma persona del gran santo Tomás de Aquino -quería destruir sus escritos, incapaces de expresar la grandeza de Dios-, las palabras como que quedan mudas, admiradas, agarrotadas, electrizadas, impresionadas y superadas por la grandeza inefable e indecible de Dios. De modo que el Dios perfectamente expresable desde la sana razón y desde la fe sobrenatural es también el ser que supera infinitamente todo pensamiento humano.

En suma, la religión cristiana como religión de la Palabra es religión cristocéntrica y trinitaria, religión en que se adora y que es de personal encuentro íntimo. En los místicos tenemos pues un modelo que nos puede hacer comprender que nuestra religión es religión de la Palabra. Sólo en el ardor que presenta el almendro totalmente florecido o fuego interno del alma, abrasado el ser en amor a Cristo, podemos atisbar que significa religión de la Palabra. Más aún, juntando el enamoramiento de los santos y santas, de las vírgenes consagradas, de los mártires, de los místicos, y de todas las demás bellas flores encontraríamos sólo unos atisbos de esta religión de amor, la religión de la Palabra. El alma bellamente amante y orante ante la palabra da a luz en el corazón a la Palabra. Bellamente se ha expresado esto a través de los siglos en la Sagrada Biblia, en las Sagrada Tradición y en el Magisterio de la Iglesia. Más aún, los santos en el cielo, por la visión beatífica, entienden ya algo más lo que significa que la religión católica es la religión de la Palabra.

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