Recibir y dar amor

Al momento del encuentro, la alegría del Señor llena a las dos mujeres por la noticia del nacimiento de Jesús y Juan, ya que ellas se abrieron al plan de Dios y lo aceptaron. María se convierte en el modelo de la aceptación de la voluntad divina y su cumplimiento. Dios nos da una misión en nuestra vida, pero para María significa más y por esto es capaz de donarse a los demás. La misión que tenía de ser la madre de Dios no se quedó encerrada en ella, sino que salió al encuentro de las personas que la necesitaban.

«»Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi salvador, porque él miró con bondad la pequeñez de su servidora”. Así comienza el canto del Magníficat y, a través de él, María se vuelve la primera “pedagoga del evangelio”: nos recuerda las promesas hechas a nuestros padres y nos invita a cantar la misericordia del Señor. María nos enseña que, en el arte de la misión y de la esperanza, no son necesarias tantas palabras ni programas, su método es muy simple: caminó y cantó. María caminó. Así nos la presenta el evangelio después del anuncio del Ángel. Presurosa —pero no ansiosa— caminó hacia la casa de Isabel para acompañarla en la última etapa del embarazo; presurosa caminó hacia Jesús cuando faltó vino en la boda; y ya con los cabellos grises por el pasar de los años, caminó hasta el Gólgota para estar al pie de la cruz: en ese umbral de oscuridad y dolor, no se borró ni se fue, caminó para estar allí.»
(Homilía de S.S. Francisco, 12 de diciembre de 2018).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Rezar un misterio del Rosario y pedirle a la Santísima Virgen que me ayude a estar atenta a las necesidades de los que me rodean para ayudarlos.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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