Redescubrir por qué estás siguiendo a Jesús

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

¿Por qué seguían a Jesús los doce y las mujeres de las que leemos hoy? ¿Cómo conquistó Jesús a cada uno de ellos? Puedes dedicarte un tiempo a hablar con Jesús de si Él te ha cautivado o no, o sobre qué es lo que te cautiva de Él. Tal vez es tiempo de redescubrir por qué estás siguiendo a Jesús, y de dejar que te renueve en tu vocación de apóstol de su Reino de amor, justicia y verdad. Para ello, puedes dedicar un tiempo para tomar a tu Padre bueno de la mano y con Él echar una mirada a las profundidades de tu corazón.

¿Qué ves, qué motivaciones, deseos o miedos tienes en tu vida? ¿Cómo te ve tu Padre amoroso?, ¿cómo es su mirada sobre ti?

«Los evangelios nos presentan a menudo esta imagen del Señor en medio de la multitud, rodeado y apretujado por la gente que le acerca sus enfermos, le ruega que expulse los malos espíritus, escucha sus enseñanzas y camina con Él. “Mis ovejas oyen mi voz. Yo las conozco y ellas me siguen”. El Señor nunca perdió este contacto directo con la gente, siempre mantuvo la gracia de la cercanía, con el pueblo en su conjunto y con cada persona en medio de esas multitudes. Lo vemos en su vida pública, y fue así desde el comienzo: el resplandor del Niño atrajo mansamente a pastores, a reyes y a ancianos soñadores como Simeón y Ana. También fue así en la Cruz; su Corazón atrae a todos hacia sí: Verónicas, cireneos, ladrones, centuriones…».
(Papa Francisco, Homilía 18 de abril de 2019).


Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy voy a visitar a la Virgen María en una Iglesia para poner en sus manos mi vocación de apóstol y amigo de Jesús.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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