¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia?

Por: Mons. Sergio Osvaldo Buenanueva | Fuente: AICA.org 

En una nueva columna para el periódico “La Voz de San Justo”, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, reflexionó sobre la última parte del Credo, que reza “Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica…”. Al respecto, el prelado se preguntó: “¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de ‘santa’ a una institución que carga con el peso de tantas miserias?”.

“¿Se puede seguir todavía creyendo en la Iglesia? ¿Cómo se puede calificar de ‘santa’ a una institución que carga con el peso de tantas miserias?”, se preguntó esta semana el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, al reflexionar sobre la frase del Credo que afirma la fe en “la santa Iglesia católica”.

Como ejemplo, tomó lo vivido en la visita del papa Francisco a Chile: “La Iglesia católica tiene hoy un bajo nivel de confianza en ese país”, advirtió, y lo atribuyó a diversas razones: desde “profundos cambios culturales (más espíritu crítico y distancia de las instituciones) hasta el drama de los abusos sexuales del clero”. Argentina, aún con diferencias, vive procesos parecidos, reconoció el prelado.

“La conclusión, a la que muchos arriban, parece clara: Dios sí, Iglesia no. Hoy muchos creen en Dios sin sentir la necesidad de pertenecer a la Iglesia. Creer sin pertenecer”, explicó, y aclaró, en primer lugar, que “los cristianos no creemos en la Iglesia de la misma manera en que creemos en Dios”, sino que en realidad, “el acto de fe solo se puede realizar de cara a Dios. Solo Él, Verdad que no miente, es digno de fe. Solo a Él podemos decirle ‘amén’ con todo nuestro ser”.

Monseñor Buenanueva recordó que “la fe cristiana es mucho más que aceptar la existencia de Dios. Es reconocer que Él nos ha dirigido su Palabra, pues ha querido comunicarse con nosotros. Dios se ha hecho oír, convocando a un pueblo y confiándole la misión de ser signo visible de su amor por toda la humanidad”. En ese sentido, explicó que “la palabra ‘Iglesia’ quiere decir precisamente eso: convocación, llamada y reunión de hombres y mujeres para escuchar la Palabra de Dios, recibir su Espíritu y caminar en su presencia”.

“Creemos en Dios que ha creado la Iglesia como la reunión de todos los que creen. Esa es también una de las definilaciones más bellas de la Iglesia: ‘congregatio fidelium’ (la reunión de todos los que escuchan, acogen y creen en la Palabra). Así, la Iglesia entra en el campo de la fe como obra de Dios para nosotros”, continuó.

“Donde Dios hace oír su Palabra, allí el Espíritu reúne una comunidad unida por la fe”, sostuvo el obispo, y afirmó que, para los cristianos, “esto acontece en torno a la persona de Jesús. Él es la Palabra que escuchamos cuando leemos las Escrituras. Es su Espíritu el que nos une en comunión fraterna, rescatándonos de la soledad y el aislamiento”.

“Todo lo que en la comunidad cristiana es visible (palabras y gestos, culto y normas, personas e instituciones, carismas y ministerios) está al servicio de la invisible: el Espíritu que santifica a la familia de Cristo”, insistió, y destacó que “el rostro humano de la Iglesia, con todos sus límites, está llamado a ser expresión de la misericordia de Dios manifestada en Jesucristo”.

Tomada de los hermanos protestantes, la fórmula que los católicos adoptamos en el Concilio Vaticano II, relata monseñor Buenanueva, es “la Iglesia está siempre en reforma”, porque “sus miembros somos imperfectos y el Evangelio siempre nos queda grande. Parafraseando al Papa Francisco: somos un pueblo de pecadores amados y perdonados”, añadió.

“Siempre ha sido una tentación creer que la Iglesia solo se forma con la gente pura, perfecta y santa. No. La Iglesia abraza a todos: santos y pecadores. Es santa en su cabeza, Cristo resucitado, y en sus miembros más insignes: María y los santos. Es santa porque a través de su humanidad el Espíritu sigue actuando en el mundo, ofreciéndonos la luz de la Palabra y la fuerza de los sacramentos. Pero esa santidad que viene de Dios es para que la vivamos hombres y mujeres imperfectos”, concluyó, completando el artículo del Credo de esta manera: “Creo en el Espíritu Santo que anima, inspira y constantemente provoca a la Iglesia a ser fiel al Evangelio, a imitar a Cristo pobre, manso y humilde”.

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