Ser, no solo estar.

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

A veces creo que la alegría no se encuentra en el cumplimiento de las normas y leyes. Por el contrario, veo en ellas un límite, un enemigo de mi alegría. Sin embargo, en este pasaje me enseñas lo contrario. Me dices que cumpliendo tus mandamientos puedo lograr la felicidad, la alegría que tanto anhelo.

Tú deseas de verdad mi felicidad y por ello me dejaste los mandamientos. Ellos no son normas de cumplir para fastidiar mi vida, para limitar mi libertad. Por el contrario, los mandamientos son los medios y los protectores de la felicidad verdadera, de la alegría perdurable.

Tú, Señor, me quieres ver feliz y has puesto a mi disposición los mejores medios para ello. En específico, el mandamiento del amor es el camino de la felicidad. Dicen que la felicidad viene de dar lo mejor de sí mismo a los demás. Y muchas veces he experimentado esto. Por ejemplo, en las misiones de Semana Santa o al hacer alguna obra de caridad, he experimentado una alegría que no se compara con otras que me proporciona el mundo. El mandamiento del amor es casi como el mandamiento de la felicidad. Tú nos mandas amar, nos mandas ser felices.

Ahí hay algo importante. Tú quieres que seamos felices, no sólo que lo estemos por un momento. El problema está en que, en algunas ocasiones, identifico la alegría, la felicidad con un sentimiento que viene y va. No. La felicidad no es un sentimiento pasajero, es un estado permanente interior que nada puede arrebatar. Incluso se puede sufrir exteriormente, o no estar sonriente siempre, o sumergido en el problema más profundo, que sin embargo la felicidad se mantiene en el interior, se sufre, pero se sufre distinto cuando se es, y no sólo se está feliz. Y, por el contrario, a veces puedo sonreír, reír y carcajear hasta llorar de la emoción, tenerlo todo y disfrutarlo al máximo, pero interiormente me siento hueco, triste, sin sentido.

Dame la gracia, Señor, de cumplir tus mandamientos sabiendo que en ellos encuentro un camino directo hacia la felicidad para la que me has creado.

El Evangelio es una constante invitación a la alegría. Desde el inicio el Ángel le dice a María: “Alégrate”. Alégrense, le dijo a los pastores; alégrate, le dijo a Isabel, mujer anciana y estéril…; alégrate, le hizo sentir Jesús al ladrón, porque hoy estarás conmigo en el paraíso.

El mensaje del Evangelio es fuente de gozo: “Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes, y esa alegría sea plena”. Una alegría que se contagia de generación en generación y de la cual somos herederos. Porque somos cristianos.

(Homilía de S.S. Francisco, 18 de enero de 2018).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Hoy procuraré alegrar un poco a los que me rodean.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 

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