Un buen terreno da buenos frutos

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio 

Me acuerdo que mi abuelo tenía un terreno en el cual, un día, sembró papas; tenía semillas de primera calidad, y bastantes químicos que le ayudarían para protegerlas de los insectos y bacterias, hasta que llegara el momento de la cosecha. Cuando llegó ese día, no dio los «frutos» (papas) que esperábamos. Cuando analizamos el por qué, descubrimos que nos había faltado preparar bien el terreno.

En nuestra vida es así; cuántas veces recibimos de manos de Dios las semillas de óptima calidad y todo lo necesario para dar frutos abundantes, pero por el terreno de nuestra alma no podemos dar los frutos que esperábamos, o más bien los que Dios quiere que demos. Dios nos da varios tipos de semillas: la semilla de la fe, la semilla de la esperanza, la semilla del amor, la semilla de ser más generoso, y así varios tipos de semilla. Pero hay una semilla bastante especial, “la semilla de la Eucaristía”. La semilla más importante que Dios Padre da. Nos da a su Hijo único en esta semilla de la Eucaristía, pero ¿qué tipo de terreno tenemos en nuestra alma para acoger esta semilla? ¿Es un terreno puro, limpio de cualquier basura que impida que esta semilla se desarrolle en nosotros? ¿O es un terreno al que no le prestamos mucha atención, y sólo de vez en cuando lo limpiamos? El terreno de nuestra alma debería tener una tierra buena, regada, suelta, abonada, limpia de bichos raros que impiden que la buena semilla se desarrolle plenamente, porque sólo así Cristo puede obrar plenamente en nosotros y ayudarnos a dar frutos abundantes. Y los frutos que nos pedirá serán los frutos de amor.

«Mediante la predicación y la acción de Jesús, el Reino de Dios es anunciado, irrumpe en el campo del mundo y, como la semilla, crece y se desarrolla por sí mismo, por fuerza propia y según criterios humanamente no descifrables. Esta, en su crecer y brotar dentro de la historia, no depende tanto de la obra del hombre, sino que es sobre todo expresión del poder y de la bondad de Dios, de la fuerza del Espíritu Santo que lleva adelante la vida cristiana en el Pueblo de Dios. A veces la historia, con sus sucesos y sus protagonistas, parece ir en sentido contrario al designio del Padre celestial, que quiere para todos sus hijos la justicia, la fraternidad, la paz. Pero nosotros estamos llamados a vivir estos periodos como temporadas de prueba, de esperanza y de espera vigilante de la cosecha. De hecho, ayer como hoy, el Reino de Dios crece en el mundo de forma misteriosa, de forma sorprendente, desvelando el poder escondido de la pequeña semilla, su vitalidad victoriosa. Dentro de los pliegues de eventos personales y sociales que a veces parecen marcar el naufragio de la esperanza, es necesario permanecer confiados en el actuar tenue pero poderoso de Dios.» 
(Homilía de S.S. Francisco, 17 de junio de 2018).

Diálogo con Cristo 

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama. Propósito Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación. Pedir la gracia a María santísima, que me ayude a tener el terreno de mi alma como la suya, para que así pueda dar yo buenos frutos como ella los dio.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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