Una auténtica vida cristiana

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

Todos los cristianos tenemos vocación de profetas, es decir, todos, por nuestro bautismo, tenemos el deber de recordar al mundo los mandamientos de Dios; de vocear y predicar a todos el Evangelio y, sobre todo, de acercar a las demás personas a Dios a través de nuestro testimonio de coherencia y autenticidad.

San Juan Bautista fue fiel al Señor hasta el final. Atrajo a multitudes de pecadores hacia Dios. Y todo esto lo hizo, no gracias a sus grandes cualidades, o a sus enormes apostolados. Lo que más atraía de él era su ejemplo de fidelidad y su entrega total a Dios, hasta el punto de derramar su sangre antes que traicionar su conciencia.

Ser cristiano auténtico en nuestra sociedad actual, es difícil. Constantemente tendremos que sufrir miles de martirios pequeños en nuestra vida, pero, ¿qué prefiero? ¿Agradar primero a los hombres o ser fiel y agradar a Dios?

Juan Bautista, en su celda, solo, angustiado, manda a sus discípulos a preguntar a Jesús: “¿eres tú o debemos esperar a otro?”. Y luego el capricho de una bailarina y la venganza de una adúltera le corta la cabeza: termina así el grande Juan Bautista, del cual Jesús dice que era el hombre más grande nacido de una mujer. El apóstol cuando es fiel no se espera otro final que el de Jesús. Efectivamente se da el despojamiento del apóstol: es desnudado, sin nada, porque ha sido fiel. Y tiene la misma sabiduría de Pablo: Solamente el Señor ha estado a mi lado, porque el Señor no le deja y ahí encuentra su fuerza.
(Cf Homilía de S.S. Francisco, 18 de octubre de 2016).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Sin miedo, buscaré, con prudencia y cuando tenga la oportunidad, hablar de Dios a alguien que vea que lo necesita.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

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