Una respuesta muy concreta

Medita lo que Dios te dice en el Evangelio

“La voluntad de Dios”. Esto es algo que a menudo escuchamos pero que desgraciadamente su sentido muchas veces se ha ido difuminando.

Cumplir la voluntad de Dios no es obligarme a hacer lo que más cuesta…, lo último que quiero hacer. No es una imposición, no es un “servicio social” al cual estoy sometido…Muy al contrario, es un camino de amor.

Un camino que el Dios que tanto nos ama nos va señalando. Un camino que Él conoce mucho mejor que nosotros pues tiene una visión infinitamente más grande.

Seguir la voluntad de Dios es, al mismo tiempo, ir descubriéndose a sí mismo pues es en el seguimiento de lo que Dios nos pide donde encontramos sentido, donde encontramos plenitud, aunque a veces las dificultades que este seguimiento conlleva nos nuble la belleza del camino.

Seguir la voluntad de Dios es una respuesta muy concreta de amor hacia Dios; es una confirmación sólida en la fe; es construir la propia vida sobre una roca, la cual, nada ni nadie podrá destruir.

Los animo a renovar la confianza en el Señor y a salir sin miedo, a dar testimonio de la alegría del Evangelio, que hace felices a muchos. Que esta confianza en el Señor, renovada cada día en el encuentro con Él en la oración y en los sacramentos, los ayude también a estar abiertos al discernimiento, para examinar la propia vida, buscando hacer la voluntad de Dios en todas sus actividades y proyectos.
(Homilía de S.S. Francisco, 22 de junio de 2018).

Diálogo con Cristo

Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.

Propósito

Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.

Intentar tomar un tiempo para hacer un examen de conciencia buscando escuchar atentamente lo que Dios quiere de mí en este día.

Despedida

Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a Ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!

Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

 

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