Catequesis del Papa Francisco sobre “El Anciano de los días”

En la mañana de este miércoles 17 de agosto, el Papa Francisco dio su catequesis sobre “El Anciano de los días: La vejez tranquiliza sobre el destino a la vida que ya no muere. (Lectura: Dn 7,9-10).

A continuación, el texto completo del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Las palabras del sueño profético de Daniel, que hemos estado escuchando, evocan una visión de Dios tan misteriosa como radiante. Se retoma al principio del libro del Apocalipsis y se refiere a Jesús resucitado, que se presenta al vidente como Mesías, Sacerdote y Rey, eterno, omnisciente e inmutable (1.12-15).

Pone su mano en el hombro del Vidente y le tranquiliza: «¡No temas! Yo soy el Primero y el Último, y el Viviente. Estaba muerto, pero ahora vivo para siempre» (vv. 17-18). Así desaparece la última barrera de miedo y angustia que siempre ha suscitado la teofanía: El Viviente nos tranquiliza.  Nos da seguridad. Él también ha muerto, pero ahora ocupa el lugar que le corresponde: el del Primero y el Último.

En este entretejido de símbolos, hay un aspecto que quizás nos ayude a comprender mejor la conexión de esta teofanía, esta aparición de Dios, con el ciclo de la vida, el tiempo de la historia, el señorío de Dios sobre el mundo creado.  Y este aspecto tiene que ver precisamente con la vejez.

La visión transmite una impresión de vigor y fuerza, nobleza, belleza y encanto. Su vestido, sus ojos, su voz, sus pies, todo es espléndido. Es una visión. Su pelo, sin embargo, es blanco: como la lana, como la nieve. Como la de un anciano. El término bíblico más común para referirse a un anciano es «zaqen»: de «zaqan», que significa «barba».

El cabello blanco como la nieve es el símbolo antiguo de un tiempo muy largo, de un pasado inmemorial, de una existencia eterna. No hay que desmitificar todo con los niños: la imagen de un Dios anciano con el pelo blanco como la nieve no es un símbolo tonto, es una imagen bíblica, noble e incluso tierna.

La figura que se encuentra entre los candelabros de oro en el Apocalipsis coincide con la del «Anciano de los Días» de la profecía de Daniel. Es tan antiguo como toda la humanidad, e incluso más. Es tan antiguo y nuevo como la eternidad de Dios.  Pero incluso más, es antiguo y nuevo como la eternidad de Dios. Porque la antigüedad de Dios es así, antigua y nueva.

Porque Dios nos sorprende siempre con su novedad. Siempre viene a nuestro encuentro de una forma especial para cada momento para nosotros. Se renueva siempre, pero Dios es eterno y desde siempre. Es eterno y se renueva.

En las Iglesias orientales, la fiesta del Encuentro con el Señor, celebrada el 2 de febrero, es una de las doce grandes fiestas del año litúrgico. Destaca el encuentro entre la humanidad, representada por los vigilantes Simeón y Ana, con Cristo el Señor, el Hijo eterno de Dios hecho hombre. Un bello icono de la misma puede admirarse en Roma en los mosaicos de Santa María en Trastevere.

La liturgia bizantina reza con Simeón: «Este es el que nació de la Virgen: es el Verbo, Dios de Dios, el que se hizo carne por nosotros y salvó al hombre». Continúa: «Que se abra hoy la puerta del cielo: el Verbo eterno del Padre, habiendo asumido un principio temporal, sin dejar su divinidad, es presentado por su voluntad al templo de la Ley por la Virgen Madre, y el vigilante lo toma en sus brazos».

Estas palabras expresan la profesión de fe de los cuatro primeros Concilios Ecuménicos, que son sagrados para todas las Iglesias. Pero el gesto de Simeón es también el icono más bello de la vocación especial de la vejez: presentar a los niños que vienen al mundo como un don ininterrumpido de Dios, sabiendo que uno de ellos es el Hijo engendrado en la misma intimidad de Dios, antes de todos los siglos.

La vejez, en su camino hacia un mundo en el que el amor que Dios ha puesto en la Creación pueda finalmente irradiar sin obstáculos, debe hacer este gesto de Simeón y Ana, antes de despedirse.

La vejez debe dar testimonio -esto para mi es lo central de la vejez- a los hijos de su bendición: consiste en su iniciación -bella y difícil- en el misterio de un destino a la vida que nadie puede aniquilar. Ni siquiera la muerte.

Dar testimonio de la fe delante de un niño es germinar esta vida. Es más, dar testimonio de humanidad y de fe es la vocación de los ancianos. Dar a los niños la realidad que han vivido como testimonio, dar el testigo. Los ancianos estamos llamados a esto, a dar el testigo para que ellos lo lleven adelante.

El testimonio de los ancianos es creíble para los niños: los jóvenes y los adultos no son capaces de hacerlo tan auténtico, tan tierno, tan conmovedor, como los ancianos. Cuando la persona mayor bendice la vida que le llega, dejando de lado todo resentimiento por la vida que se va, es irresistible. No está dolido porque pasa el tiempo y está por irse, no. Es la alegría del buen vino, del buen vino que se ha hecho bueno con los años.

El testimonio de los ancianos une las edades de la vida y las propias dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro. No son solo la memoria, también el presente y también la promesa.

Es doloroso -y perjudicial- ver las edades de la vida concebidas como mundos separados y en competencia, cada uno de los cuales trata de vivir a expensas del otro. La humanidad es antigua, muy antigua, si miramos la hora del reloj.

Pero el Hijo de Dios, que nació de mujer, es el Primero y el Último de todos los tiempos. Significa que nadie queda fuera de su generación eterna, de su poder maravilloso, de su cercanía amorosa.

La alianza de ancianos y niños salvará a la familia humana. donde los niños y jóvenes hablan con los ancianos, hay futuro. Si no se da este diálogo entre los ancianos y jóvenes, el futuro no se ve claro. La alianza de ancianos y niños salvará a la familia humana.

¿Podríamos devolver a los niños, que deben aprender a nacer, el tierno testimonio de los ancianos que poseen la sabiduría de la muerte? ¿Podrá esta humanidad, que con todos sus progresos nos parece una adolescente nacida ayer, recuperar la gracia de una vejez que encierra el horizonte de nuestro destino?

La muerte es, sin duda, un pasaje difícil en la vida, para todos nosotros, todos debemos pasar por allí, pero no es fácil. Pero también el pasaje que cierra el tiempo de la incertidumbre y desconecta el reloj. Porque la belleza de la vida, que ya no tiene fecha de caducidad, comienza precisamente entonces. Pero comienza de la sabiduría, de aquel hombre y mujer ancianos que son capaces de dar a los jóvenes el testigo.

Pensemos en el diálogo, en la alianza de ancianos y niños, y busquemos que esta unión no sea interrumpida. Que los ancianos tengan la alegría de hablar y expresarse con los jóvenes. Y que los jóvenes busquen a los ancianos para coger de ellos la sabiduría de la vida.

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