El poder definitivo de Dios

Por: Mons. Jorge Carlos Patrón Wong | Fuente: Semanario Alégrate

El mal sigue siendo un misterio que sólo Jesús desentraña y echa fuera. El Señor Jesús tiene autoridad para enfrentarlo y expulsarlo -como lo reconoce asombrada la gente- y, en el culmen de su vida, aniquilará el mal para siempre, señalando de esta forma el camino para que también nosotros lleguemos a enfrentarlo.

Ciertamente el misterio del mal nos sigue intimidando y sobrecogiendo a través de irrupciones cada vez más despiadadas que nos quitan la paz y que intentan robarnos la esperanza. El hecho de que en día de sábado y en plena sinagoga el demonio haya tirado por tierra a ese hombre y haya vociferado contra Jesús nos da una idea de cómo arremete y de qué forma se manifiesta para infundir miedo y atacar al hombre en todos los momentos de su vida.

Por muy violenta y cruel que sea la manifestación del mal, el evangelio -que siempre es la buena noticiadestaca que hay alguien más fuerte que el mal, que hay alguien ante quien los demonios no se pueden esconder, que hay alguien que puede liberarnos del ataque más despiadado del enemigo.

Si el mal provoca miedo y cumple en ese momento su propósito de paralizarnos y eclipsar nuestra mirada, la actuación de Jesucristo infunde paz y cautiva nuestra mirada para no dejar de verlo, aunque el mal esté rugiendo y haga mucho ruido para distraernos.

Si la manifestación del mal fue preocupante, la actuación de Jesús fue reconfortante. De ahí que al final del evangelio los que estaban en la sinagoga se sorprendan de Jesús y se cuestionen sobre su persona, su doctrina y sus signos, al llegar a preguntar estupefactos: “Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen”.

El mal existe, no podemos ser ingenuos al respecto; nos toca enfrentarlo acudiendo siempre al auxilio de Jesucristo que lo desenmascara y lo echa fuera. Por lo tanto, no debemos ser ingenuos, ni minimizar el mal, ni suponer que el demonio no existe y que se trata de una invención de la Iglesia, como el pensamiento dominante hace creer a las personas para justificar un estilo de vida contrario a la justicia, a la verdad y a la bondad.

No se reflexiona sobre el mal simplemente como una rutina intelectual. No es un asunto de orden intelectual, sino una cuestión existencial. Nos duele ver el sufrimiento de tantas personas y tenemos también que sobreponernos frente a los infortunios que provoca en nuestra propia realidad personal.

La filosofía en su momento llegaba a decir que el mal es la ausencia de bien. Se trata de una definición que nos deja insatisfechos porque no esclarece el misterio, ni llega a explicar el miedo, el sufrimiento y la postración que provoca.

El papa Pablo VI, refiriéndose a este tema, llegaba a decir que el mal ya no es una deficiencia -ausencia de bien, como dice la filosofía-, sino una eficiencia. “El mal ya no es sólo una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor. Terrible realidad. Misteriosa y espantosa”.

El mal se opone al designio de Dios y sigue tramando cómo confrontar al hombre con su Creador. Busca la manera de hacernos tropezar y entorpece nuestra mente para relativizar nuestros juicios y criterios de acción. El maligno nos provoca y nos confunde haciéndonos pensar que no existe, por lo que al confiarnos dejamos abierta la posibilidad de que nos afecte de muchas maneras.

El hombre occidental moderno se cree totalmente liberado de estas representaciones; pero, nunca tanto como hoy el hombre se ha sentido dominado por fuerzas alienantes como el egoísmo, el espíritu de poder, la violencia, la corrupción, la indiferencia, etc. En su afán de ser libre y autónomo el hombre vive con muchas esclavitudes y ataduras, por lo que es necesario pedirle al Señor que venga a liberarnos y a increpar al enemigo que nos tiene cautivos y oprimidos de muchas maneras.

Esta es la nueva doctrina de la que habla la gente en la sinagoga: ha llegado alguien que es capaz de derrotar a nuestro peor enemigo. Ciertamente el mal es aparatoso y su dominio impone miedo y desesperanza. Pero la contemplación de Jesucristo en la sinagoga nos regresa la esperanza y genera una nueva visión de la realidad, en la que descubrimos la luz de Dios.

De acuerdo a esta visión reconocemos cómo Dios se ha venido manifestando, pero sobre todo cómo se da más a conocer cuando la maldad pretende extender su dominio. Esa era la convicción del poeta y místico español San Juan de la Cruz quien lo expresaba de esta manera: “Siempre descubrió el Señor los tesoros de su Sabiduría y Espíritu a los mortales. Pero ahora que la malicia va descubriendo más su cara, más los descubre”.

Con otras palabras, lo explicaba el obispo Fulton J. Sheen animándonos a confiar y esperar más en el poder definitivo de Dios: “El mal puede tener su hora, pero Dios tiene el día… El día pertenece a Dios, la hora al maligno”.

Por eso, sostenemos que llegará el día y pasará la hora del maligno. Mientras tanto nos toca esperar esa gran manifestación de Dios y seguir alumbrando al mundo con el evangelio de Jesucristo que es la luz de todas las naciones, como se destaca en la fiesta de la Candelaria.

En este marco litúrgico, el próximo 2 de febrero, celebraremos la Jornada Mundial de la Vida Consagrada para dar gracias a Dios por la vocación de hombres y mujeres que siguen difundiendo la luz del Señor con su predicación y la vivencia de los consejos evangélicos. De manera particular damos gracias a Dios por la presencia de las comunidades religiosas, masculinas y femeninas, que tanto bien hacen en nuestra Arquidiócesis.

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