Jesús Eucaristía, el Amigo que siempre te espera.

Muchas religiosas contemplativas, con las que me escribo, me han relatado sus experiencias con Jesús Eucaristía. Una de ellas me decía: “Las gracias más grandes que he recibido en mi vida, las he recibido, directamente de la sagrada Eucaristía y, especialmente, el matrimonio espiritual”. Otra me escribía: “Mi celda está cerquita del Sagrario y puedo irme a visitarlo con frecuencia. Acabo de estar con El Y me envolvió el silencio impresionante y me dejé llevar por El. Fue algo tan hermoso… Jesús Eucaristía me hacía sentir las dulzuras de su amor sacramentado. Y me pareció oír su dulce voz, pero fuertemente persuasiva y dulcemente tajante: “Yo soy Jesús y te amo mucho”.

Una alegre y feliz religiosa ancianita, me manifestaba: “Soy muy feliz. He hecho del sagrario mi morada y le he pedido a Jesús que venga a hacer de mi corazón su sagrario. Así estamos siempre juntos. ¡Qué lindo es vivir siempre con Jesús, formando un solo corazón!”. ¡Qué felices los religiosos que pueden vivir bajo el mismo techo de Jesús!. Me contaba una religiosa: “Un día fui a la capilla y, después de ponerme de rodillas, me vino un recogimiento tan grande como jamás me había ocurrido y por mucho esfuerzo que hubiera hecho por recogerme ni de tal forma lo hubiera podido adquirir. Parecía que se me arrebataba el alma. Jesús me hizo comprender de una manera inefable el misterio del sacerdocio y hasta la gloria y recompensa que tendrán después. También me hizo ver cómo está y nos espera en la Eucaristía y, sobre todo, el infinito amor que nos tiene. Un poco más y hubiera bastado para fallecer de amor, me sentía toda abrasada y casi no podía resistir tanto amor”.

El Bto Rafael, monje trapense muerto a los 27 años, en l938 decía “En la paz y el silencio del templo mi alma se abandona a Dios. Si este Dios, que se oculta en un poco de pan, no estuviera tan abandonado, los hombres serían más felices, pero no quieren serlo. Todos los conflictos sociales, todas las diferencias se allanarían, si mirásemos un poco más hacia ese Dios tan abandonado, que está en nuestras iglesias”. Seamos como aquellos católicos de las islas Kiribati en Oceanía, que se reunían todos los domingos en la playa para adorar a Jesús Eucaristía, presente en las iglesias de Tahití a 5000 Kms. de distancia. O como aquel catequista de un pueblecito de los Andes peruanos que reunía a su gente los domingos y les decía, abriendo un corporal ante el altar de la capilla: “Adoremos a Cristo, que estuvo aquí con nosotros hace 22 años”.

Cuando estuve en el retiro mundial para sacerdotes en Roma del (5-9 de Octubre de 1984), teníamos una hora de adoración cada día en la Basílica Vaticana. Eramos 7.000 sacerdotes de todos los países, unidos en una sola oración, adorando a nuestro Dios. ¡Qué días de gloria pasé en aquella ocasión! Muchos sacerdotes, durante la segunda guerra mundial llevaban siempre en el pecho la sagrada Eucaristía para darla en comunión a los soldados y también para tener fuerza y valor para soportar las pruebas de la guerra. Con Jesús a nuestro lado, todo es más fácil.
Cuando estuve de capellán militar en Ceuta, en el Norte de África, las religiosas adoratrices me hablaban de cómo algunas niñas musulmanas, a pesar de no creer, sentían que allí, en el sagrario, estaba Dios. Algo parecido le sucedió a aquella joven judía, cuando era alumna de un colegio de religiosas. Me escribía así: “Un día cuando tenía 11 años, una amiga del colegio me invitó a entrar a la capilla, donde estaba el Santísimo Sacramento y, al entrar, instantáneamente, sin pensarlo, sentí con una fuerte claridad que allí en el sagrario, que yo llamaba “caja”, allí estaba Dios. No sabría explicarlo, pero esto mismo me pasó en las dos siguientes iglesias católicas que visité”. Ésta fue la piedra de toque para convertirse. Actualmente, Sor María del Carmelo es religiosa contemplativa en un convento de Inglaterra.

El P. Antón Lulj, jesuita albanés, manifestaba en el Encuentro mundial de sacerdotes, celebrado en Fátima en 1996, su testimonio personal: “Apenas terminada mi formación, me arrestaron en 1947 tras un proceso falso e injusto. He vivido 17 años como prisionero y otros tantos en trabajos forzados. Prácticamente, he conocido la libertad a los 80 años, cuando en 1989 pude celebrar por primera vez la misa con la gente. Mi vida ha sido un milagro de la gracia de Dios y me sorprendo de haber podido sufrir tanto con una fuerza que no era la mía, sino de Dios. Me han oprimido con toda clase de torturas… Pero, cuando podía, celebraba la misa clandestinamente. No podía confiar en nadie, pues si me descubrían, me fusilaban. Así estuve 11 años.

En una ocasión, tuve una experiencia extraordinaria, que me recordaba la transfiguración de Jesús. La desolación dio paso a una maravillosa experiencia de Jesús. Era como si estuviera allí presente, frente a mí y yo le pudiera hablar. Aquel momento fue determinante, pues comenzaron de nuevo las torturas. Sin aquel amor de Jesús, hubiera muerto, quizás desesperado”.
Así relata él su experiencia y cómo la celebración de la misa y la comunión, cuando le era posible clandestinamente, era su fuerza en medio de tanto sufrimiento y soledad. Y tú ¿a qué esperas para ir a Jesús? Ojalá que lo ames tanto que seas como aquel campesino que todos los días iba temprano a la iglesia y le decía a su familia: “Voy a dar los buenos días a Dios, voy a visitar a mi amigo Jesús”. O como aquél que decía: “Me voy a calentar mi corazón al sol”. Pues sentía su amor tan grande a Jesús que, a veces, en su corazón sentía el fuego de su amor. Seamos como aquel campesino del que habla el cura de Ars, que iba todos los días a la iglesia y se quedaba mirando al sagrario bastante tiempo. Y al preguntarle qué hacía respondió: “Yo lo miro y El me mira”. Eso es lo que debemos hacer también nosotros: mirar y dejarnos mirar. Amar y dejarnos amar. No hace falta hablar mucho, pues la mejor oración es la oración de contemplación, que es un silencio amoroso o un amor silencioso ante la grandeza y el amor de un Dios que se ha quedado por amor en este maravilloso sacramento.

Ahora, repitiendo las palabras de Carlo Carretto, quisiera decir a todos aquéllos que dejan en solitario el sagrario: “Imaginad que es cierto lo que dice la Iglesia de que, bajo el signo sacramental del pan, se halla la presencia viva de Jesús… ¿No sentiréis necesidad de ir a quedaros junto a El y hacerle compañía? Yo creo que Jesús está presente en la Eucaristía. ¡Cuánto me ha ayudado esta fe! ¡Cuánto debo a esta presencia! Es aquí delante donde aprendí a orar. Cuando en el desierto de África me pasaba ocho días sin ver a nadie entre las dunas, cuando en una ocasión me pasé cuarenta días solo entre la tierra y el cielo estrellado del Sahara… me habría vuelto loco sin esta presencia de Jesús a mi lado, sin este amor atento siempre a las muestras de tu amor. Es allí en el desierto con Jesús Eucaristía, donde sentí más intensamente la presencia de Dios”

Algo parecido le ocurrió a un sacerdote jesuita italiano, prisionero de los rusos en la segunda guerra mundial y que estuvo varios años solo en una celda de la famosa prisión de Moscú “Lubianka”. Decía:

Si no hubiera sido por la presencia de Jesús Eucaristía a mi lado, me hubiera vuelto loco”. El, siempre que podía, celebraba la misa con un poco de pan y un poco de vino, y guardaba la Eucaristía para sentir la presencia y la compañía de Jesús a su lado y no sentirse solo. ¡Qué maravilla! Jesús viene a una pequeña celda carcelaria a celebrar el gran misterio de la Redención ante el llamado de un humilde sacerdote, recluido en el lugar más infernal del mundo.

Y El sigue manifestándose como a aquel sencillo campesino de Pimpicos (Provincia de Cutervo, en el Perú), que los primeros viernes acudía a la parroquia, después de haber caminado varias horas, a veces, con barro, lluvia, frío, pero con alegría para recibir a Jesús, y sentía su amor en lo más íntimo de su ser. O como se manifestó también a aquellas universitarios católicos en la capilla de una casa de retiros, el año 1967, en los que derramó su Espíritu, dando comienzo a la Renovación carismática católica en el mundo. Ellos hablaban de haber sentido sensiblemente el amor y la presencia de Jesús, descubriendo por primera vez en su vida lo que era amarlo y adorarlo. Y tú ¿nunca has sentido paz al adorar a Jesús Eucaristía? Haz la prueba, vete a visitarlo. Jesús siempre te ama y te espera.

CONVERSIONES

Refieren los biógrafos de S. Antonio de Padua que, estando en Rímini en 1225, un hereje albigense, llamado Boniville, negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía y le pedía una prueba convincente. El hereje llevó a la plaza su mula, a la que había dejado tres días sin comer, Y le llevó un saco de cebada al tiempo que S. Antonio llevaba el Santísimo Sacramento, y la mula dejando sin probar la cebada, se arrodilló a su manera ante la Eucaristía. A la vista de este milagro, se convirtió Boniville con varios de sus seguidores. Y allí se construyó una capilla para recordar el milagro.

Cuando el santo cura de Ars llegó a ese pequeño pueblo francés, apenas tres o cuatro ancianas iban a misa. El, entonces, se dedicó a pasarse muchas horas de adoración ante el Santísimo y siempre con el rosario entre las manos y los ojos fijos en el sagrario. Poco a poco, la gente empezó a ir a la Iglesia y a querer confesarse. Así empezó un ministerio de confesión que lo hizo famoso, pues venían hasta de los últimos rincones de Francia y del extranjero para ver y oír a aquel sacerdote con fama de santo, que tanto amaba a Jesús sacramentado.

Algo parecido sucedió en el pueblo de S. Giovanni Rotondo con el famoso P. Pío de Pietrelcina, capuchino estigmatizado. Cuando El llegó, era un pueblo desconocido; hoy es un centro espiritual, sanitario y cultural de fama internacional. ¿Qué es lo que hizo el milagro? El P. Pío, sencillo y enfermizo, se pasaba las horas ante el sagrario, orando por los pecadores y sufriendo por ellos. Poco a poco, la gente comenzó a visitarlo para confesarse con él. Y, como le había sucedido al cura de Ars, tuvo que dedicar sus horas libres a confesar. El 20 de setiembre de 1918, estando en oración ante el Santísimo, recibió de Jesús las santas llagas en manos, pies y costado.

Y ¿qué hizo que el Bto Damián de Veuster convirtiera el infierno de Molokai, la isla de los leprosos, en un lugar digno de vivir? Su amor a la Eucaristía. El decía: “Sin la presencia de Jesús en mi pobre capilla jamás hubiera podido mantener unida mi suerte a la de los leprosos de Molokai”. Es por esto también que la M. Teresa de Calcuta, exige a sus hermanas una hora de adoración diaria ante el Santísimo para tener fuerza, para poder servir a los más pobres de entre los pobres.

Elizabeth Ann Seton, la primera santa norteamericana, se convirtió a la Iglesia católica por la Eucaristía. Después de la muerte de su esposo en Italia, regresó a Nueva York y buscó la paz en su propia Iglesia episcopal. Un día se sentó en una silla de su iglesia, desde donde podía ver la torre de la vecina iglesia católica, y mirando el altar vacío de su iglesia, comenzó a hablar con Jesús, presente en el Santísimo de la iglesia católica cercana. Así empezó a sentir amor a Jesús Eucaristía, que la atraía como un imán, y éste fue el comienzo de su conversión.

Otro convertido es el músico judío Herman Cohen, nombrado maestro de capilla de la iglesia de S. Valerio de París, que sintió por dos veces una emoción extraordinaria en el momento de la bendición con el Santísimo Sacramento. El 28 de agosto de 1847 fue bautizado por el sacerdote, también judío convertido, S. Alfonso de Ratisbona. Después se hizo carmelita descalzo con el nombre de P. Agustín María del Sacramento.
El famoso filósofo español, convertido del ateísmo, García Morente, se hizo sacerdote, después de haber tenido una experiencia extraordinaria con Cristo en su habitación, la noche del 29 de Abril de 1937. Fue tal el impacto que recibió, que quiso ser otro Cristo en la tierra como sacerdote y, siendo profesor de la Universidad autónoma de Madrid, se retiraba los fines de semana al Monasterio del Poyo, para estar allí en un rincón de la capilla y adorar al amor de su vida, Jesús sacramentado.

Un oficial paracaidista francés, que había estado en la guerra de Vietnam y había perdido la fe, al final de la guerra de Argelia, tuvo que volver a Francia y se dirigió en automóvil a Pau, donde estaba su destacamento militar. Cuando estaba a 14 Kilómetros de Lourdes, sintió un impulso de ir a hacer una visita de cortesía a la Virgen. Entró en la basílica subterránea y vio que Jesús Eucaristía estaba expuesto. Se acercó a las primeras bancas e, inmediatamente, se vio envuelto en una inmensa oleada de amor de Jesús. Buscó un sacerdote, se confesó y, después, subió a la colina para hacer el viacrucis. Aquella noche llegó a su destacamento, transformado. Ahora es un monje trapense.

El 29 de mayo de 1956 moría a los noventa años uno de los mejores hagiógrafos de S. Francisco de Asís y de Sta. Catalina de Siena, Joergensen. Se había bautizado a los treinta años en 1896. Un día, había entrado por curiosidad a una iglesia católica en Lucerna (Suiza). En ese momento, el sacerdote estaba bendiciendo a la gente con el Santísimo Sacramento. El, llevado por una fuerza irresistible, se arrodilló también. Éste fue el comienzo del largo camino que lo llevó a la conversión.

Algo parecido le pasó al sobrino del cardenal Manning. Este joven anglicano asistió un día a la procesión del Santísimo Sacramento en la catedral de Amiens (Francia) y fue milagrosamente iluminado por una fuerza interior, que le hacía comprender la presencia de Jesús en la hostia consagrada. El joven Anderson se bautizó y entró después en la Compañía de Jesús.

También se convirtió el famoso escritor católico norteamericano de origen francés, Tomás Merton. Un día oyó una voz fuerte y suave que le decía: “Vete a misa”. Asistió a la iglesia y su espíritu se iluminó. Se preparó para el bautismo y lo recibió el 16 de noviembre de 1938 Se hizo sacerdote trapense.

Podríamos poner otros ejemplos, en los que la Eucaristía se manifiesta como una explosión de luz y de amor, que envuelve y transforma. Pero el caso más espectacular y conocido es el de André Frossard uno de los mejores escritores franceses del siglo XX. Su conversión ocurrió a los veinte años y él la cuenta en su libro: “Dios existe, yo lo encontré”. Veamos su testimonio:

“Fue un momento de estupor que dura todavía. Habiendo entrado a la cinco y diez de la tarde en una capilla del barrio latino de París en busca de un amigo, salí a las cinco y cuarto en compañía de una amistad que no era de la tierra. Habiendo entrado allí escéptico y ateo de extrema izquierda y, aun más que escéptico y todavía más que ato, indiferente y ocupado en cosas muy distintas a un Dios que ni siquiera tenía intención de negar… volví a salir, algunos minutos más tarde católico, apostólico y romano, llevado, alzado, recogido y arrollado por la ola de una alegría inagotable.

Entré en la capilla, sobre el altar mayor había un gran aparato de plantas, candelabros y adornos, todo dominado por una gran cruz de metal labrado, que llevaba en su centro un disco de un blanco mate… En pie, cerca de la puerta, mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar; luego, ignoro por qué, me fijo en el segundo cirio que arde a la izquierda de la cruz. Entonces, se desencadena, bruscamente, la serie de prodigios, cuya inexorable violencia iba a desmantelar el ser absurdo que yo era.

No digo que el cielo se abre, no se abre, se eleva, se alza de pronto en una silenciosa y dulce explosión de luz. ¿Cómo describirlo con palabras? Es un cristal de transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible… Dios estaba allí revelado y oculto por esa embajada de luz que, sin discursos ni retóricas, me hacía comprender todo su amor. El prodigio duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar con éxtasis esa luz que hacía palidecer el día, ese amor que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica. Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de su intensidad. Finalmente desaparecieron… “

Frossard entró en aquella capilla, en que estaba expuesto el Santísimo Sacramento, y Jesús se le manifestó en toda su gloria como una luz maravillosa, llena de amor. Fue un amor a primera vista y se hicieron amigos para siempre. Pues bien, el mismo Jesús te espera en la Iglesia y quiere ser tu amigo. “Si crees, verás la gloria de Dios” (Jn 11,40).

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