¿Preocuparse, o no, del mañana?

Pasamos ahora al pasaje evangélico que hemos escuchado:

“Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo… Miren los lirios del campo…  No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos?»…  No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción. (Mt 6, 25 – 34).

Aquí las objeciones humanas se transforman en un coro de protesta. ¿No preocuparse del mañana?, ¿Pero no es lo que se propone con la ecología y que Papa Francisco hace en toda su encíclica ‘Laudato Si’? Es saludable que a veces reaccionemos así a la palabra de Jesús; es siempre la ocasión para descubrir algo de nuevo en sus palabras.

Pero esas palabras de Jesús hoy nos hablan también a todos nosotros. Dicen: no te preocupes por el mañana, pero ¡preocúpate por el mañana de aquellos que vienen después de nosotros! No se pregunten ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Qué vestiremos? Pregúntense más bien ¿Qué comerán? ¿Qué beberán? ¿Qué vestirán nuestros hijos, los futuros habitantes de este planeta?”

Un gran estudioso de la antigüedad cristiana, Adolph von Harchak, ha escrito que cuando se trata de nosotros mismos, el Evangelio nos quiere despegados de los bienes de la tierra, pero cuando se trata del prójimo no quiere ni siquiera escuchar hablar de desinterés o de vivir la jornada. “La máxima ilusión del ‘libre juego de las fuerzas’, del ‘vivir y dejar vivir’ -sería mejor decir: vivir y dejar morir-, está en abierta oposición con el Evangelio. Lamentablemente esta máxima del ‘vivir y dejar morir’ es aquella que ninguno pronuncia, pero que muchos practican en la realidad. Jesús, en más ocasiones, se preocupa por dar él mismo de comer a la gente, multiplicando los panes y los peces, y al final pide recoger lo que quedaba “para que no se pierda nada” (Jn 6,12). Una palabra que se debería adoptar como lema en contra del desperdicio, sobre todo en campo alimenticio.

En realidad, el texto evangélico pone el hacha en la raíz – la misma hacha a la misma raíz que pone el Papa Francisco en su encíclica. Lo hace cuando dice al inicio del pasaje: “no pueden servir a Dios y a la riqueza”. Ninguno puede servir seriamente la causa de la salvaguardia de la creación si no tiene la valentía de señalar con el dedo en contra de la acumulación de riquezas exageradas en las manos de pocos y en contra del dinero que es la medida.

Que sea claro: Jesús nunca ha condenado la riqueza en sí misma. A Zaqueo le permite tener la mitad de sus bienes que debían haber sido sustanciosos; entre sus amigos está José de Arimatea llamado “hombre rico” (Mt, 27, 57). La que Jesús condena es la “riqueza deshonesta” (Lc 16, 9), la riqueza acumulada a expensas del prójimo, fruto de la corrupción y de la especulación, la riqueza sorda a las necesidades del pobre: aquella, por ejemplo, del rico epulón de la palabra, que hoy, entre otro, no está más por un individuo, sino por un entero hemisferio.

 

Related posts

*

Top