María, Virgen y Madre de Dios

MARÍA, VIRGEN Y MADRE DE DIOS. MADRE E IMAGEN DE LA IGLESIA

OBJETIVO CATEQUETICO

Presentar al preadolescente:

— a María como Virgen y Madre de Dios, Madre e Imagen de la Iglesia. María es ya lo que la Iglesia está llamada a ser; es signo de esperanza cierta para la Iglesia que camina hacia la casa del Padre.

Que el preadolescente descubra:

— que “María se cuida con amor materno de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan hasta que sean conducidos a la Patria Celestial. Por ello, la Virgen María es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Ayuda y Mediadora” (LG 62).

“Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava”

193. “María dijo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo. Y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios, de corazón, derriba del trono a los poderosos, y enaltece a los humildes; a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos Is despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres—, en favor de Abrahán y su descendencia para siempre” (Lc 1, 46-55).

María, humilde mujer judía, vive anticipadamente el misterio de las bienaventuranzas

194. María es una humilde mujer judía: como pobre de Yahvé, pone totalmente su confianza en Dios. En el canto del Magnificar, transmite Lucas una tradición que conserva el sentido y los sentimientos de fondo de la oración de María, modelo de la del Pueblo de Dios. Según la forma clásica de un salmo de acción de gracias, celebra María las maravillas que Dios hace en la historia de la salvación en favor de los humildes. En su propia pobreza vive anticipadamente el misterio de las bienaventuranzas.

María creyente: “De fe en fe”

195. La fe de María es la misma del Pueblo de Dios: una fe humilde que se ahonda sin cesar a través de las oscuridades y de las pruebas. Ella vive cada momento en una situación de no comprender todavía (Cfr. Lc 2, 19-51) con referencia a algo venidero que ha de traer solución y cumplimiento. Lo hace con fe profunda y confiada. En esa fe actúa la misma gracia que después, cuando llega la hora, trae la luz. Pero, al surgir, la luz se convierte en punto de partida para una nueva expectación creyente. Así María camina “de fe en fe” (Rm 1, 17).

La vida de Jesús es para María un misterio progresivamente iluminado

196. Desde la anunciación, la vida de Jesús se presenta a María como misterio de fe, misterio que es progresivamente iluminado por mensajes enraizados en las profecías del Antiguo Testamento. El niño se llamará Jesús, será hijo del Altísimo, hijo de David, el rey de Israel, el Mesías anunciado (Lc 1, 31-33). En la presentación en el templo oye María aplicar a su Hijo la profecía del Siervo de Yahvé, luz de las naciones y signo de contradicción (Cfr. Lc 2, 29-35). A los doce años, en medio de los doctores, Jesús habla a su madre con palabras llenas de resonancia profética: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2, 49). María reconocerá en ellas no sólo la misión y vocación de su hijo, sino también la superioridad de la fe sobre la maternidad carnal.

Fe de María ante los caminos insospechados de Dios

197. El Evangelio de San Lucas recoge las reacciones de María ante los caminos insospechados que Dios va abriendo en su vida: su turbación ante el saludo del ángel (Lc 1, 28ss), su dificultad ante lo que parece imposible (1, 34), su asombro ante la perspectiva profética que descubre Simeón (2, 33), su perplejidad ante la respuesta de Jesús en el templo (2, 50). En presencia de un misterio que la desborda todavía, reflexiona sobre el mensaje, piensa sin cesar en el acontecimiento misterioso, conservando sus recuerdos, meditándolos en su corazón (1, 19.51). Atenta a la palabra de Dios, la acoge con generosidad aun cuando desborda sus perspectivas y aun cuando haya de sumir a José en la ansiedad (Mt 1, 19-20). En razón de esta fe, Jesús mismo proclamó bienaventurada a la que le había llevado en sus entrañas (Lc 11, 27-28). María, creyente y fiel, lo es en el silencio cuando su Hijo entra en la vida pública y así permanece hasta la cruz.

Un saludo mesiánico: “Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo”. En nombre de Israel y de la humanidad, María acoge el anuncio de la salvación: “Aquí está la esclava del Señor…”

198. ¿Cómo pudo María mantenerse en tal vocación? Porque en su pura sencillez se escondían una plenitud y profundidad de vida que no tenían parangón, una sencillez, que no excluye ninguna dote de espíritu y que se llama gracia: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1 ,28). Elalégrate” del ángel no es un saludo corriente: evoca las promesas de la venida del Señor a su ciudad santa (So 3,.14-17; Za 9, 9). El “llena de gracia”, o colmada de favor y del amor divino, puede evocar a la esposa del Cantar de los Cantares, una de las figuras más tradicionales del pueblo elegido. Sólo ella recibe, en nombre de Israel y de la humanidad, el anuncio de la salvación. Ella lo acepta y hace así posible su cumplimiento: “Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38). La fe de María, su aceptación del mensaje divino, repercute en la salvación de toda la humanidad. En esta aceptación de María, realiza Dios el acto salvífico de la venida de Cristo al mundo.

María, sin mancha de pecado, desde su concepción

199. María es por excelencia la elegida por Dios y la plenamente salvada por Cristo. Es llena de gracia, sin mancha desde su concepción, enemiga del mal desde el principio (Cfr. Gn 3, 15), conforme al plan de Dios. Orígenes llama Santa a María antes de la Anunciación: esto lo ratifica el apelativo “llena de gracia”, que a nadie se aplicó jamás. Crece en santidad mediante las acciones que son fruto de la caridad y la fe (Hom. in Lucam: 6, 7, 8, 9). San Ambrosio dice que María está libre de toda mancha (In Ev. sec Lc 3, 9). San Agustín excluye de María todo pecado; si bien, en cuanto al original se refiere, no es suficientemente explícito (contra Iulianum 4, 122). San Juan Damasceno resume la tradición oriental: “La Santísima hija de Joaquín y Ana, que habita en la cámara nupcial del Espíritu preservada de todo pecado, cual corresponde a la Esposa y Madre de Dios (Hom 1 in Nat.). Duns Escoto enseñó con claridad la Inmaculada Concepción de María como fruto de la bondad de Dios, que pudo hacerlo así con María, convenía hacerlo y lo hizo (Th. marianae elementa, 190). Recogiendo la fe de la Iglesia universal, con el refrendo de los Obispos de todo el mundo, el Papa Pío IX (el 8 de diciembre de 1854) proclama como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María: “Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su Concepción… en atención a los méritos de Jesucristo… es doctrina revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles” (DS 2803; cfr. LG 53-59).

María, siempre virgen

200. María es siempre virgen” (DS 301; 422; 502ss; 1880). Dice San Agustín: “María concibió siendo virgen, dio a luz como virgen y permaneció siempre virgen” (Sermo 196, 1). En el momento de la anunciación, la virginidad de María es puesta de relieve por la objeción que ella misma dirige al ángel: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón?” (Lc 1, 34). Esta pregunta da pie al ángel para anunciarle la concepción virginal de Jesús: “El Espíritu Santo vendrá sobre tí, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios (Lc 1, 35). El Espíritu de Dios que dirigió la creación del mundo (Gn 1, 2) va a inaugurar en la concepción de Jesús la creación de un mundo nuevo. Por una parte, San Lucas presenta la concepción virginal como una exigencia de la filiación divina de Jesús. Por otra, en el anuncio de su maternidad misteriosa, conoce María su vocación virginal. Esta virginidad implica una actitud interior. Así lo dice San Agustín: “De nada le hubiera valido a María ser Madre de Dios si no hubiera llevado antes a Cristo en su corazón que en su seno” (De sancta virg. 3, 3).

María, la Virgen Madre

201. A todos los. niveles de la tradición evangélica es María, ante todo, “la madre de Jesús. Diversos textos la designan sencillamente con este título (Mc 3, 31-32; Lc 2, 48; In 2, 1-12; 19, 25-26). Con él se define toda su función en la obra de la salvación. El protoevangelio anuncia ya que es madre la mujer cuya descendencia aplastará la cabeza de la serpiente (Gn 3, 15). Luego, en los relatos de esterilidad hecha fecunda por Dios, los mujeres que dieron a luz a personajes decisivos en la historia de Israel prefiguran remotamente a la Virgen Madre. Esta maternidad virginal se insinúa en la profecía del Emmanuel, Dios con nosotros (Is 7, 14), profecía que los evangelistas reconocerán cumplida en Jesucristo (Mt 1, 23; Lc 1, 35-36).

María, unida a Cristo en la totalidad de su misterio

202. María, por su maternidad virginal en la fe, es la única persona humana que interviene inmediatamente en el acontecimiento salvífiCo supremo de la venida del Hijo de Dios al mundo. Al concebir virginalmente en su fe y en su seno al Salvador del mundo, María hace posible la Encarnación, que es obra exclusiva de Dios. Ella es la que recibe inmediatamente al Hijo de Dios en su mismo hacerse hombre. Según el plan de Dios, María estuvo unida a Cristo en la totalidad de su misterio desde el nacimiento hasta la muerte y resurrección. El vínculo de María con Cristo está constituido por su fe y su maternidad virginal inseparablemente unidas entre sí.

María, Madre de Dios

203. María, la madre de Jesús, es por esto mismo verdadera Madre de Dios (Theotokos). Esta expresión brota como afirmación auténtica del Verbo y se hace universal en la Iglesia del siglo IV. No es extraño, pues, que el Concilio de Efeso (año 431) afirme solemnemente: “Si alguno no confiesa que el Emmanuel es verdaderamente Dios y que, por esto, la Santísima Virgen es Madre de Dios (Theotokos), puesto que engendró, según la carne, al Verbo de Dios encarnado, sea anatema” (DS 252). San Cirilo de Alejandría, que presidió el Concilio, escribía a continuación a sus fieles: “Sabéis que se reunió el santo sínodo en la gran iglesia de María, Madre de Dios. Pasamos allí el día entero… Había allí unos doscientos obispos reunidos. Todo el pueblo esperaba con ansiedad, aguardando desde el amanecer hasta el crepúsculo la decisión del santo Sínodo… Cuando salimos de la iglesia, nos acompañaron con antorchas hasta nuestros domicilios, porque era de noche. Se respiraba alegría en el ambiente; la ciudad estaba salpicada de luces; incluso las mujeres nos precedían con incensarios y abrían la marcha” (Epístola 24).

Fe de la Iglesia proclamada en innumerables ocasiones

204. En innumerables ocasiones ha sido proclamada la fe de la Iglesia en la Maternidad Divina. En el Concilio de Calcedonia (a. 51) (DS 301); en el deConstantinopla, del año 553: “En el Verbo de Dios existe un doble nacimiento: el primero, antes del tiempo, del Padre…; el segundo, de la santa y gloriosa Madre de Dios y siempre Virgen María, en los últimos días” (DS 422). Lo mismo repite el Constantinopolitano III, del año 680 (DS 555); el Constantinopolitano IV, en el 869 (DS 654) y otros. El Concilio Vaticeno II dice así: La Virgen María, que al anuncio del Angel recibió al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo y dio la vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor… está enriquecida con la dignidad de ser la Madre de Dios Hijo” (LG 53).

“Era preciso que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijo

205. María disfruta con todo su ser personal de la gloria eterna. Ha llegado a la plenitud escatológica de modo completo, siguiendo los pasos de su Hijo. Era necesario que así sucediera, dice San Juan Damasceno: “Era necesario que conservase la Virgen sin ninguna corrupción su cuerpo después de la muerte… Era necesario que aquella que había visto a su Hijo en la Cruz, lo contemplase ahora a la diestra del Padre. Pues era preciso que la Madre de Dios poseyese lo que corresponde al Hijd (E. in Dormitionem Dei Genitricis. Hom 2, 14). San Antonio de Padua expresa así el misterio de la Asunción de María: “La Virgen María fue asunta al cielo en cuerpo y alma. Así como Jesucristo resurgió victoriosamente de la muerte y subió a la diestra de su Padre, así resurgió el arca de su santificación, porque en este día la Virgen fue asunta al tálamo celeste” (Sermo in Ass. S. M. V.).

María elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial

206. Con la adhesión del Episcopado universal, Pío XII definió como dogma de fe el misterio de la Asunción en la Constitución Apostólica “Munificentissimus Deus” (el 1 de noviembre de 1950): “… Para gloria de Dios omnipotente que otorgó su particular benevolencia a la Virgen María, para el honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para una mayor gloria de su augusta Madre, y para gozo y regocijo de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo, y por Nuestra propia autoridad, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que: La Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, acabado el curso de su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial” (DS 3903). Por el misterio de la Asunción, María es ya lo que el mundo está llamado a ser. Como dice el Concilio Vaticano II, ha sido elevada por el Señor a Reina del Universo para ser más conforme con su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte (LG 59).

María, nueva Eva

207. Los Santos Padres llaman a María Nueva Eva. San Ireneo, testigo de la tradición oriental y occidental, sostiene que la acción redentora de Cristo es una “recapitulación”, mediante la cual el universo tendrá a Jesús como Cabeza. Es también una inversión del proceso pecaminoso seguido por el hombre. Así, pues, “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María. Porque lo que la virgen Eva había fuertemente ligado con su incredulidad, la Virgen María lo desligó con su fe” (Adv. Haer. 3, 32, 1). Lo mismo dice este canto pascual:

“Como crece la rosa entre agudas espinas, sin saber cómo herir y más bella que el tallo, así del tallo de Eva floreció Santa María, una nueva virgen sin mancha que enmendó la falta de la virgen antigua” (Sedulio, Paschale carmen, 1-2, 28-31).

El Concilio Vaticano II recoge diferentes expresiones de la antítesis Eva-María (LG 55, 63).

María, imagen de la Iglesia Virgen

208. María es imagen de la Iglesia Virgen. En el punto de encrucijada de las dos Alianzas, en María, hija de Sión (So 3, 14; Za 9, 9), comienza a realizarse la virginidad de la Iglesia. En la persona de quien viene a ser la Madre de Dios se realiza así la virginidad lentamente preparada en el Antiguo Testamento, y también la oración de las mujeres estériles hechas fecundas por intervención de Dios. En María aparece ya el sentido escatológico de la virginidad eclesial: ésta manifiesta la irrupción de un mundo nuevo en la historia. La Iglesia, como María, engendra a Jesús en el corazón de los hombres no por el poder de la carne y de la sangre, sino en virtud de la acción del Espíritu Santo (Cfr. In 1, 13). La Iglesia es, así, una esposa virgen (Cfr. Ap 21, 2), fecundada por el Espíritu.

María, imagen de la Iglesia Madre

209. María es imagen de la Iglesia Madre. María es el punto de la humanidad en que se realiza el parto del Hijo de Dios. Así es imagen de la Nueva Jerusalén, en su función materna. Si la nueva humanidad es comparable a la mujer (Ap 12, 5), cuyo primogénito es Jesucristo, el Señor, no se puede olvidar que tal misterio se cumplió concretamente en María. La mujer del Apocalipsis” no es un puro símbolo, sino que en María ha tenido existencia real y personal.

María, imagen de la Iglesia creyente

210. María es imagen de la Iglesia creyente. En ella vemos el misterio de la Iglesia vivido en su plenitud por una persona humana que acoge la Palabra de Dios con toda su fe. La fidelidad de la Iglesia a la llamada de Dios se transparenta primeramente en María, y esto del modo más perfecto. En ella se revela así, de manera personal e histórica, la vida de la Iglesia que asume la actitud opuesta a la de Eva.

María, Madre de la Iglesia

211. María es Madre de la Iglesia. Dice San Agustín: “María es madre de los miembros que creyeron en su Hijo, porque cooperó con su amor a que los fieles naciesen en la Iglesia” (De Virg. 5, 5; 6, 6). En la misma medida en que los hombres son miembros de la Iglesia, tienen a María por Madre. María es Madre de todo el Pueblo de Dios, proclama Pablo VI: Proclamarnos a María Santísima ‘Madre de la Iglesia’, es decir, Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores, que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título… pues María, como Madre de Cristo, es Madre también de la Iglesia” (AAS 56, 1964; 1007-1008).

Cooperación de María a la mediación única de Cristo

212. “La función maternal de María no disminuye ni oscurece la mediación única de Cristo, sino que más bien muestra su eficacia” (Cfr. LG 60). María ha colaborado y sigue colaborando en la obra de la salvación. Así lo confiesa el Concilio Vaticano II: Colaboró de manera totalmente única con la obediencia, la fe, la esperanza y la caridad ardiente, a la obra del Salvador para el restablecimiento de la vida sobrenatural de las almas” (LG 61). “Con su intervención múltiple sigue consiguiéndonos los dones de la salvación eterna… se preocupa de los hermanos de su Hijo que aún están peregrinando… Por ello, la Virgen María es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Ayuda, Mediadora” (LG 62).

El culto a María. Líneas fundamentales

213. El Concilio Vaticano II amonesta a todos los hijos de la Iglesia a que fomenten con generosidad el culto a María, particularmente el litúrgico (Cfr. LG 67). María es justamente honrada con un culto especial (Cfr. LG 66). Pablo VI indica las líneas fundamentales que ha de observar el culto a María(Marialis cultus [MC]): a) Bíblica, incluso en las fórmulas de oración y cantos (MC 30); b) Litúrgica, de modo que las prácticas de devoción se armonicen con el espíritu litúrgico del tiempo y de las celebraciones (MC 31). La Liturgia renovada presenta las fiestas de María en su relación íntima con los misterios de la vida, muerte y resurrección del Señor (MC 2-7); así, el Pueblo cristiano asimila, con el ejemplo cíe María, el mensaje evangélico;c) Eclesial, de manera que refleje las circunstancias y preocupaciones de toda la Iglesia en Cada momento, sobre todo la preocupación ecuménica, y, así, la Madre de la Iglesia sea celebrada como vínculo de unidad de todos los seguidores de Jesús (MC 32-33; cfr. LG 69); d) Antropológica, porque la devoción falsa corre el riesgo de representar una imagen de María descrita como un ser extra-humano. Ella es la Mujer Nueva y Perfecta Cristiana en su calidad de Madre Virginal (MC 34-36). En este aspecto, ninguna dimensión verdaderamente humana puede ser ajena a la imitación de María en sus actitudes interiores (MC 37).

Culto a María y actitudes profundas

214. El culto a María ha de promover actitudes profundas: el carácter de oyente” de la Palabra de Dios por la fe, que hace escudriñar los signos de los tiempos y vivir la historia como signo de la presencia divina (MC 17); la oración, en la línea del Magnificar”, canto de los tiempos mesiánicos, y en común, como María en la Iglesia naciente (MC 18); la “maternal y virginal solicitud” para incorporar nuevos hijos a la familia eclesial (MC 19); la actitud de ofrenda” sacrificial por el pecado del mundo y por los pecados de la propia Iglesia, como María, en la presentación en el Templo (Lc 2, 22), o junto a la Cruz (Jn 19, 25), sobre todo, en la celebración del Sacrificio Eucarístico (MC 20).

María, icono escatológico de la Iglesia peregrina

215. María es ya lo que la Iglesia está llamada a ser. Ella es signo de esperanza cierta para la Iglesia que camina hacia la casa del Padre. “Mientras tanto, la Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (Cfr. 2 P 3, 10)” (LG 68). Muy justamente se llama a María icono escatológico de la Iglesia peregrina.

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